Los circunstantes, desde sus rincones respectivos, les miraban, diciéndose: “¡Cuánto se quieren!...” Y luego volvían la cara hacia sus mujeres, como asombrados de no haberlas querido así nunca.

Yo pensaba:

“No; ellos no se aman más que vosotros amáis a vuestras esposas: es que se aman con mayor ternura. En España los cariños son grandes, violentos; aquí las pasiones llegan al sacrificio, llegan al crimen... pero no saben acariciar, no saben mimar... y la ternura está en la caricia suave. En España—yo lo he visto—en las relaciones de padres a hijos, de marido a mujer, la ternura no existe, quizás porque siempre hubo en la tierra nuestra demasiado dolor...”

Entretanto, sentía con júbilo que todas aquellas personas, pertenecientes a dos razas distintas, habían sabido mostrarse recíprocamente lo mejor que en ellas había; y así, a la lección de dulzura, de los belgas, los españoles—tan pobres y tan ricos—supieron responder con un ejemplo de generosidad.

Cuatro años hace que sirvo como “tercera”, y estoy cierto de que la humanidad que ahora me frecuenta no es muy divertida. Su variedad, a primera vista tan abigarrada, es epidérmica; en el fondo, mis huéspedes de hoy se parecen extraordinariamente a los inquilinos de los sleeping-car: los mismos apetitos, las mismas figuras... de lo que deduzco que la aristocracia es una plebe bien vestida.

Hay un tipo, sin embargo, privativo de los coches de “tercera”, y que por su relieve y la frecuencia con que se manifiesta, merece recordación. Me refiero al “gracioso”.

“El viajero gracioso”, para “producirse” como hombre de humor ocurrente y cáustico, necesita tener público, porque la presencia de muchas personas acucia su ingenio. Tiene el ademán seguro, la réplica colorista y ágil, la voz entonada, y sabe muchos cuentos, casi todos picantes. Pasa ya de la segunda juventud y la costumbre de andar por el mundo le dió aplomo. Empieza por trabar palique con las personas que halla cerca de él, y si sus dichetes son bien acogidos no tarda en ponerse de pie y charlar con todos.

Para triunfar pronto, “el viajero gracioso” sigue el camino más llano: el autobiográfico. Sus primeros epigramas contra sí mismo irán dirigidos, y su vida y figura servirán de blanco a su verbo dicaz. Generalmente el público ríe esta íntima exhibición de defectos, reales o fingidos. Enardecido “el viajero gracioso” poco a poco se convierte en histrión, y con recursos grotescos o a fuerza de desparpajo, suple la pobreza de su vena cómica. Si alguien le dirige un comentario agudo, sabrá contestar en seguida. Casi siempre las mujeres miran con simpatía el preopinante, mitad orador, mitad payaso: al cabo, representa la desenvoltura, la picardía; es algo imprevisto que sobresale, que brilla. Cuando el tren llega a una estación, “el gracioso” monopoliza una ventanilla y dice tonterías a los mirones del andén. Sus burletas tienen gracia unas veces, otras no; pero todas son reídas, porque en la psicología colectiva la hilaridad es una “cuesta abajo”.

Más tarde, cansado de satirizarse a sí propio, “el gracioso” dirige sus dardos contra otro pasajero. Este cambio de escena regocija al público. El “agredido”, ante el ridículo que le amenaza, se defiende con frases incoherentes. La hilaridad general arrecia. “El viajero gracioso” triunfa definitivamente: se le aplaude, se le ofrece vino. Las mujeres le llaman, quieren tenerle cerca, porque a su lado se creen protegidas.

Esta boga envidiable no es duradera. Ha cerrado la noche y, de pronto, “el viajero gracioso” calla: ha dicho cuanto sabía y está cansado, agotado. Inútilmente le buscarán la boca; ya pueden morderle la paciencia, que no hablará.