—Tengo sueño—declara—; basta de broma; ahora voy a dormir.
Y, envuelto en su manta, se tiende cuan largo es; una cesta o unas alforjas le servirán de almohada. Como ha sabido hacerse simpático a la comunidad, nadie le estorba. Luego se le oye roncar. Entonces, desde un compartimiento vecino, una voz ingrata pregunta:
—¿Pero, al fin se durmió?
—Sí.
—¡Demos gracias a Dios!...
Instantes después, todos le han olvidado.
A propósito de este “tipo” referiré una breve escena triste; o, lo que es lo mismo, grotesca; porque de lo grotesco, si lo exprimimos bien, siempre caerá una lágrima.
Rato hacía que estacionábamos delante de un pequeño andén, aguardando un cruce. Mis huéspedes se impacientaban. De súbito un viajero, medio en serio, medio en broma, dijo en voz muy alta algo que fué muy reído, y casi inmediatamente lanzó otro donaire que también arrancó carcajadas unánimes. Haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, aquel individuo consiguió obtener de su ingenio una tercera frase feliz, más dichosa, tal vez, que las anteriores. Asombrados, todos le miraron. ¿Quién podía hablar tan agudamente?... Mujeres y hombres habíanse levantado para conocer al viajero ocurrente, y la general simpatía estalló en una nutridísima ovación de risas y de aplausos.
Presencié entonces algo desolador. Aquel hombre, trastornado de repente por los vapores del éxito, enrojeció y perdió el dominio de sí mismo. Sin saber lo que hacía, se puso en pie; sus ojos brillantes iban de un lado a otro; fué como si se le hubiese extraviado el juicio. Desatóse su lengua y rompió a hablar casi sin ilación. A tente bonete dijo un chiste, que nadie comprendió; luego otro, que asímismo pasó inadvertido; lanzó tres o cuatro más, que también fracasaron... Ante el silencio severo del público, empezó a desconcertarse; las ideas se le barajaban. ¿Por qué antes hizo reir y ahora no?... Y se disponía a insistir, cuando una voz cruel le detuvo:
—¡Bueno, hombre, bastante!... ¡Cállate!... ¿No ves que no diviertes?...