—Ese grande, el pintado de verde; descarriló hace poco y lo han remolcado medio muerto...
Y la leyenda de mis lances sobre las líneas de Hendaya, de Galicia y de Sevilla, iba de unos a otros. Para evitarme el trabajo de hablar, me encerré en una actitud displicente. El relente de las largas noches de invierno y la lluvia que, a través de mis resquebrajaduras, caía libremente dentro de mí, recrudecían mis dolores. No hay carcoma que destruya como la humedad, ni lepra que roa como el abandono. A mí, la quietud me consumía: hora tras hora mis maderas se combaban, mis rodajes se enmohecían. Una noche, dos ratas—animal que yo no conocía—treparon a mí y me mordieron.
El año acabó, y todo en torno mío continuó igual. Mis compañeros de destierro y de hospital—que de ambas tristezas participaba el rincón en que estábamos—no se quejaban; apenas si, muy de rato en rato, cambiaban algunas palabras; parecían muertos. Mi carácter rebelde se desesperaba en aquella paz. “¿Por qué no vienen a buscarnos?—me decía—; ¿no es preferible que, de una vez, nos reduzcan a leña, a dejarnos podrir aquí?...” La intemperie minaba mi salud metódicamente y, al cabo, no hubo parte de mi cuerpo que no me doliese: los días de buen sol me secaban, los lluviosos me empapaban, y con estas alternativas mis graves heridas seguían abriéndose.
Una mañana recibimos la visita del director “del material”, a quien acompañaban dos individuos, y en su manera despectiva de mirarnos leí nuestra sentencia de muerte. No nos repararían porque no valíamos el dinero que costaría arreglarnos. Pertenecíamos a la sección de “incurables”, y éramos como esos enfermos a quienes ya no se medicina, porque es inútil. Caminando poco a poco por entre aquellas fúnebres andanas de coches moribundos, el señor director se acercó a mí y—lo que no hizo con ningún otro—se paró a examinarme. Sentí que sus ojos duchos, ojos de cirujano, me registraban bien.
—Este fué un buen “primera”—dijo.
Uno de sus acompañantes repuso:
—Sí; pero después lo reformaron y lo hicieron “tercera”. Es muy viejo; ha trabajado mucho: mire usted por aquí cómo está...
Empinándose señalaba, por una rotura de mi flanco, mi suelo despedazado.
—¡Bien lo veo!—replicó el director—; ¡lástima de coche! Los que ahora se construyen son muy inferiores...
Y se marcharon. “¡Ahora, sí—suspiré—que mi historia ha acabado!” En medio, no obstante, de este dolor recibí una alegría: la satisfacción de que aquellos hombres, al mismo tiempo que me condenaban a morir, hubiesen proclamado mi mérito. Desfondado, despintado, ratonado, torcido, sucio... todavía era bello, todavía conservaba vestigios de mi antiguo poder, y aún podía decir: “A mí me llamaron El Cabal...”