Pasó todo el invierno, aparecieron con abril las primeras alegrías vernales, y, al despertarme de un sueño que, según cálculos que luego hice, debió de durar varias semanas, vi que unas hierbas, nacidas debajo de mí, se enlazaban a mis ruedas, semejantes a esas ligaduras con que el reuma sujeta las piernas de los paralíticos. No sé qué amor, qué cariñoso deseo de retenerme adiviné en ellas, y su pequeño amor me conmovió: “Ya no te irás de nosotras”—parecían decirme.

Pero a mi Destino aventurero no le plugo que yo finase allí, y después de darme a conocer la lucha, quiso darme la paz.

A principios de junio, una mañana, se acercaron a mí ocho o diez hombres, empleados en la estación. El que parecía capataz preguntó a un viejo que iba a su lado:

—¿Es este coche el que le pidió usted al director, señor Juan?

Me designaba con el gesto. El señor Juan repuso ufano:

—¡Sí; este mismo! Este...

—Buena casa va usted a tener—replicó el capataz, zumbón.

—No será mala; ya verás, en cuanto yo la arregle a mi gusto, qué bien queda.

Entre todos rodaron los coches situados delante de mí, y luego me empujaron, haciéndome pasar de unas vías a otras, hasta llevarme delante del camino de hierro principal. Yo bendecía mi sino, que decretó hacer de mí, hasta el último instante, una cosa útil.

“Van a convertirme en vivienda”—pensé—. Y recordé aquellos ancianos vagones, trocados en casucas de guardavías, que una mañana—la primera de mi vida—vi al salir de la estación de Irún.