Mucho tiempo aquellos viejos compañeros fueron y tornaron sin fijarse en mí; luego, como mi situación de vagón inmóvil les sorprendiese, comenzaron a examinarme, y al cabo me reconocieron. El que antes cayó en la cuenta de quién yo era, fué Dos-Caras. Una mañana, al pasar, me gritó:

—¿Eres tú, Cabal?

—Yo soy, viejo—le repliqué.

Y no tuvo tiempo de decirme más porque su convoy iba de prisa. La noticia de hallarme convertido en habitación cundió rápidamente, llevada por los trenes, y todos mis amigos, unos burlones, otros compasivos, me preguntaban:

—Adiós, Cabal; ¿te aburres mucho?

Yo siempre contestaba:

—No; no me aburro.

—¿Eres feliz?

—Sí, lo soy: nunca lo fuí más...

¡Y era cierto!... Pues hogaño, merced, precisamente, a la soledad que me circundaba, podía descender más hondo en el misterio de la vida. Las personas que traté antes permanecían a mi lado unas horas, cuando más una noche; mientras estas de ahora envejecían conmigo: yo las veía dormir, comer; yo las oía hablar... y su experiencia era mía también, íntegra.