Con esta quietud volvía a parecerme a mis antecesores, los árboles. La tierra me atraía, y, cosido a ella, conforme el tiempo filaba, insensiblemente, hallábame mejor. Empezaba a comprender la poesía de las fiestas domésticas, la razón de la Nochebuena, la enorme fuerza emotiva y pensante del silencio; porque mientras la materia reposa es cuando fulgen mejor las luminarias del espíritu. Considerando la vejez desvalida del señor Juan, y oyendo hablar a su hijo, supe cómo a lo largo de los siglos el capitalista perpetúa en el obrero, su hermano, el fratricidio de Caín, y vislumbré el mecanismo del tinglado social, esa rueda trágica en que el salario se transmuta en pan, y el pan en esfuerzo y dolor que luego serán salario otra vez. Vi a María Luisa dar a luz, y me expliqué el amor; y observando a Miguelín, divertido en alinear soldaditos de plomo, echar barquitos en el agua enjabonada de la artesa y arrastrar por el jardín ferrocarriles de hojalata, me dí cuenta de que en este mundo—de las paradojas y de los viceversas—el niño juega y se ríe con lo mismo que hace llorar al hombre.
Va para tres años que soy hogar, y no echo de menos, ni en un ápice, mis mocedades trashumantes: el tercer vástago de María Luisa y de Roberto, se cría muy bien; Lolita ya tiene novio, y a esto atribuyo que cante tanto por las mañanas; Miguelín aprendió a escribir y se divierte en eternizar su nombre en mis paredes. Todo esto, que ya forma parte de mí mismo, me regocija y me acompaña. Voy pareciéndome al señor Juan. Tengo algo de abuelo, y soy feliz con estos seres que crecen a mi lado, con las flores que me rodean, con la hiedra que me cubre y parece traerme un abrazo de la tierra.
Mis antiguos hermanos del camino, todos los días me dicen algo:
—¿Querrías venirte con nosotros, Cabal?
—¿Para qué—les respondo—, si en ningún punto del mundo en que os halléis vuestro horizonte será mayor que el mío?
Efectivamente: No estoy hastiado, sino satisfecho, y no deseo, porque conocí el movimiento y gusté la quietud; todo lo que hay: y porque llegué a viejo... y ser viejo es hallarse en condiciones de recordar y de perdonar, y nada más dilecto que el recuerdo, ni más elegante que el perdón. La Vida es buena, pues siendo tan breve, proporciona tres grandes goces: en la niñez, el anhelo de vivir; en el “presente de indicativo”, de la juventud, la alegría de vivir; en la vejez, el placer generoso de ver vivir a los demás.
Madrid, octubre 1922.
EDICIÓN DEFINITIVA