—¿Tú les crees—dijo—marido y mujer?
Sin vacilar, Ricardo repuso:
—Me parece que no.
A pesar de esta afirmación categórica, ella vacilaba; en su cerebro pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares. Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como andar sin corsé...
Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación—muy frecuente entre mujeres descalificadas—a creer que fuera de la legalidad el amor no existe, la animaron a decir:
—Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada.
—Si lo es—interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar—lo estará con otro.
Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir. Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo, colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano. Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella, cuyas pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad abrumadora:
—Sí, sí... ¡Un momento!... Sí...
Y ella: