—No me atrevo; calla... Serénate...

Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente.

—Ven—murmuró desde la puerta.

Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible, casi con el aliento:

—No tengas miedo... no hay nadie...

Y ella:

—No me atrevo...

Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia:

—Ven... ven...

La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza, y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado por el deseo, él aun pudo balbucir: