—Se ha despedido de ella y de nosotros—dijo—para despistarnos: pero sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están casados!...

—Me figuro—contestó él—que la comedia no ha terminado aún: adivino una última escena.

Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de mí y con la cara expectante del hombre que aguarda, que busca, al escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén; los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y fraternal.

—¡Pedro!...

—¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes?

—De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí?

—Espero a mi mujer.

Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas. Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor con una mueca indefinible, glacial...

—Pero... ¿qué es esto?—exclamó Guisola—; ¡oh, casualidad!...

La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima.