—¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...—concluyó el escultor.
Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba, repetía:
—¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!...
Con cierto entono—aquel hombre fué toda su vida un poco teatral—procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió ceremonioso:
—El célebre dramaturgo Méndez-Castillo...
Ricardo se inclinó.
—La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre, hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios.
Y agregó, gravemente:
—Mi señora...
Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no diría nunca lo que había visto.