También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea propietario de un burro, pueda casarse...

Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido—notable embustero—solía edulcorarnos la monotonía de la ruta.

En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo; de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha—si bien muy de tarde en tarde—los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco, nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del mundo.

Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba aún con mayor ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura. Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento nos dictaba ideas lúgubres.

En Avila, La Caliente—que apenas había hecho justicia a su nombre—se marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto que—no me explico el olvido—había quedado a la intemperie. Su aspecto me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez—pensé—estaré yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos...

La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña Catástrofe renegaba.

—Como ésa tarde mucho en venir—aludía a la máquina—voy a quedarme helado.

Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que nunca.

—Esta maldita—meditaba yo—va a hacernos pasar esta noche un mal rato.

A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía, por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente.