—La Tirones ha bebido y está borracha—decía El Presumido.
¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve. Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren. Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos...
Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro inminente.
—¿Qué sucede?—nos interrogábamos unos a otros.
La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo, algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se preguntaban:
—¿Por qué grita la máquina así?
El ténder se lo dijo al furgón de cabeza:
—Un hombre acaba de arrojarse a la vía.
Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy.
Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco. Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre, sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco...