Durante todo el viaje el recuerdo de la terrible escena me acongojó. El cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella frente, habían apagado una luz.

Un fiero remordimiento me invadió; mi tablazón, siempre tan resignada, tan silenciosa, empezó a gemir. Sospechando lo que me sucedía, Doña Catástrofe trató de aliviarme:

—¡No te apures, Cabal!—exclamó—; ¿qué culpa tenemos de lo sucedido? Si ese hombre quiso matarse, allá él con su gusto. ¡Bah!... Esto no ha sido nada; por los caminos suceden lances peores; alíviate considerando que no ha de ser ésta la única vez que te manches de sangre.

Las reflexiones afectuosas, pero triviales, de mi camarada, no podían consolarme; cuando llegué a Hendaya me sentía enfermo, y la idea de que, veinticuatro horas más tarde, repasaría por el mismo lugar donde ocurrió el suicidio, agravaba mi malestar. A poder, hubiese pedido a los empleados del tren que me sacasen del convoy, para reposarme algunos días.

Entretanto nevaba... nevaba... como yo no he visto nevar nunca. Las gibas pirenaicas, los árboles, las casas, el puente internacional, todo había desaparecido bajo el mismo sudario blanco. La tierra, el cielo, el mar, se perdían en la melancolía del mismo color.

A media mañana, La Recelosa nos volvió a la “Noble y Leal, muy Benemérita y Generosa Villa de Irún”, donde debíamos descansar ocho o nueve horas. El expreso, como siempre, quedó solo, frío. Nuestro horizonte era reducidísimo; el monte San Marcial y los perfiles de Fuenterrabía, se escondieron en la niebla. Todo era muerto, todo era blanco...

Según había oído decir, el color del luto cambia según los pueblos: para los chinos, el color de la pena y de la muerte, es el amarillo; para los árabes, el violeta; para los europeos, el negro.

Yo pensé:

“¡El negro!... ¿Y por qué no el blanco?...”

La blancura ejemplar es la de la nieve, y la nieve es la muerte. A pesar de lo dictado por la costumbre, afirmo que lo blanco se halla más cerca del dolor que lo negro, y así, un entierro, bajo la obscuridad de la noche, parece menos triste que rodeado de la luz de la mañana, sobre un campo nevado.