Hay una oposición evidente entre el luto europeo y la psicología de los colores. El negro, que absorbe, codicioso, las siete mudanzas del espectro solar, es caliente: es el color del carbón, del hierro, de los cabellos juveniles. El mantillo, la tierra mejor, la más ardiente, la más fecunda, es negra. En Africa—aseguran—como en el Brasil, la naturaleza es tan vigorosa, tan abundante la germinación de sus savias genésicas, que obscurece el verde de los árboles. La raza más violenta, la más llena de instintos, es la negra. Shakespeare no comprendió que Otello tuviese los ojos azules.

Pero la nieve es la verdadera hermana de la muerte, y, de consiguiente, su símbolo más exacto. La frialdad de los cadáveres, esa frialdad penetrante, indescriptible, que nunca olvida quien la sintió, sólo a la frigidez agudísima de la nieve es comparable. También las mejillas muertas, las mejillas sin sangre, tienen color de nieve.

La quietud llama a la muerte, y la nieve es quietud. El sol deshace pronto a los cadáveres: los pudre, los llena de gusanos y, reducidos a polvo, los vuelve al torrente de la vida universal. La nieve, en cambio, adora a los muertos y durante años respeta su forma y hasta el último gesto de su agonía. A los pastores que en una noche de invierno equivocaron el camino y cayeron por un tajo, la nieve les recibió en su colchón de vellones blanquísimos, les cubrió, se adhirió bien a sus miembros, inmovilizó blandamente sus corazones, cerró sus párpados y dió a sus labios una expresión risueña. Dos, tres, cinco meses más tarde, cuando la primavera comenzó el deshielo y la voz de los torrentes resurgió gruñidora del fondo de los cauces, los cadáveres sonreían aún...

Semejante a la muerte, la nieve lo iguala todo: sus copos borran los linderos, y suavemente levantan el fondo de los abismos a la altura de las montañas. La nieve no consiente desigualdades, ni tolera preeminencias. Con ella cielo y tierra se esfuman en la inmensidad del mismo abrazo blanco. Es la gran justiciera. En invierno, hasta las cordilleras adquieren aspecto de llanura. Bajo su sudario todo calla, inmóvil: detiénese la savia en los troncos, hacen alto las aguas de los arroyos, conviértense los lagos en espejos. No hay vientos, ni colores: una especie de humareda yerta invade el espacio.

La nieve también es el silencio.

Bajo ella los campos, los andenes, los pueblos, pierden su voz. Diríase que una losa tumbal los cubre: nadie sale de su casa; las carreteras están desiertas; cesan los pregones; los tranvías, los vehículos, ruedan despacio; sobre el tapiz armiñado que cubre las calles, los transeuntes caminan sin ruido. Tal que un aroma funerario, una evaporación de paz asciende de la tierra. Las ciudades cobran perfiles de camposanto: de noche, bajo el lívido claror astral, los tejados rectangulares, blancos, oblicuos, parecen lápidas.

La nieve, manto esplendoroso del invierno; la nieve, enemiga de los vagabundos que limosnean de pueblo en pueblo; la nieve, que exaspera la voracidad de los lobos y los precipita sobre el vagabundo, es la muerte. Por eso debía ser el emblema del luto. La naturaleza lo quiere así. Cuando el sol se apague, la tierra, convertida en inmenso panteón, se cubrirá de nieve. Callarán los volcanes, dormirán los vientos y las olas, por primera vez, estarán en reposo. Se helará el mar. Todo quieto, todo frío, todo blanco...

A este punto llegaba de mis melancólicas elucubraciones, cuando el golpe seco, impaciente, que La Recelosa, ya dispuesta a partir, asestó al convoy, me reintegró a la realidad. Nuestras luces se encendieron y con el calor que la máquina nos enviaba fuimos recobrándonos: El Misántropo, El Tímido, El Presumido, los Hermanos Sommier, Doña Catástrofe, todos volvíamos a encontrar nuestro buen humor. El coche-comedor llamaba la atención con su alegría de festín: cristalería reluciente, manteles limpios, camareros de frac...

A la hora reglamentaria partimos, en busca de los seiscientos y tantos kilómetros que nos separaban de Madrid; y el desfile mareante de estaciones comenzó: Rentería, Pasajes, San Sebastián, Hernani, Urnieta, Andoaín, Villabona, Tolosa, Alegría, Legorreta, Villafranca, Beasaín, Ormaiztegui...

Después de El Pinar, alguien preguntó, inquieto: