—¿Os acordáis?
—Sí, sí—respondimos todos.
Sentíamos un recelo, una repugnancia, a pasar por el sitio trágico. No tardaríamos ni dos minutos en llegar. Apenas salimos del puente tendido sobre el Duero, La Tirones comenzó a silbar. ¿Por qué?... ¿Quería decirnos algo, o su grito era un saludo que, piadosa, dirigía al muerto?...
De pronto, casi a la vez, exclamamos:
—¡Aquí fué!...
Y el expreso, todo él, instintivamente, experimentó una sacudida que despertó a los viajeros.
VIII
Empezaba el verano. Según mis cálculos, a mediados de junio debíamos de estar, porque noches antes, desde la atalaya del Puente de los Franceses, sobre el Manzanares, habíamos visto los farolillos de colores y escuchado las músicas de la histórica y muy celebrada verbena de San Antonio de la Florida.
La hora de partir se avecindaba y la escasez de viajeros nos anunciaba un viaje sosegado, esperanza que repartió por el convoy cierta alegría. En virtud de no recuerdo qué maniobra, la disposición de los vagones se modificó, y yo fuí a parar a la cabeza del tren, a continuación del furgón delantero. Era la primera vez que me situaban tan a la vanguardia.
—¡Bien colocado vas, Cabal!—me gritó el compañero que había pasado a ocupar mi puesto.