—¿Por qué?—repuse.

—Porque ahí el polvo del camino te molestará menos, y el humo de la máquina, aun dentro de los túneles, pasará por encima de ti sin apenas tocarte.

—Más viejo eres que yo—repliqué—y motivos tendrás para hablar como lo haces: pero no me niegues que aquí las sacudidas de La Caliente han de sentirse más, y que, en caso de choque, la unidad más expuesta a morir soy yo.

Mi colocutor exclamó sentencioso:

—¿Y dónde viste tú que todas las circunstancias propicias, o todos los requisitos desfavorables anduviesen juntos? Repartidos están por el mundo en proporciones casi iguales, y así el arte de ser feliz consiste en acordarnos mucho de los buenos momentos, y de los malos nada o muy poco. Todo está preestablecido, Cabal; la vida universal es una operación matemática, en la que nunca sobra ni falta un número. El libro del Destino es el único libro en donde todo “está bien”.

No contesté. Me sentía optimista y ágil. La tibieza de la temperatura invitaba a andar; más allá de la marquesina, hecha de hierro, cinc y cristal, de la estación, la vastedad cerúlea del cielo comenzaba a poblarse de estrellas. Era una de esas noches en que el aire huele a tierra mojada, a resinas y a flores; en que los conejos, enamorados de la luna, brincan, como duendes felices, al paso de los trenes, y las rocas, sobre las que el musgo pinta facciones monstruosas, parecen caretas...

Mis viajeros no llegarían a doce. Asomada a una ventanilla había una señora trigueña, pechugona y nalguda, pero todavía esbelta, vestida con una falda azul y una blusa blanca. Sus antebrazos mórbidos, adornados de pulseras tintineantes, intrigaban la curiosidad de los mirones. Su esposo se había detenido a alquilar almohadas para el viaje y comprar periódicos. Era un hombre de estatura razonable y bien vestido, aunque sin elegancia. Representaba treinta y cinco años, y tenía todo el aspecto de un honrado burgués, rico y sólido. También me interesó cierto caballero, ya cincuentón, de aspecto prócer, de ojos claros y decepcionados—ojos que habían visto mucho—, que iba y venía escénicamente por el andén. ¿Por qué me preocupó aquel tipo? Sólo una vez miró a la señora de las pulseras, y por ese mismo cuidado que me pareció poner en no mirarla, yo hubiese jurado que estaba allí por ella.

La señora decía a su marido:

—Sube, Adelardo, que ya nos vamos; han dado la salida...

Demostraba inquietud. El subió a mí en el momento en que la locomotora, mansamente, arrancaba. Miré hacia atrás y me sorprendió no ver al caballero que minutos antes ocupó mi atención. Inmediatamente pregunté al compañero que me seguía: