—Oye, Misántropo: ¿va contigo un señor alto, de bigote canoso, vestido de gris... tipo cosmopolita... con los guantes, de color amarillo, metidos en la abertura del chaleco?...

—Ya sé quién dices—atajó El Misántropo—; viaja detrás de mí, en El Tímido. ¿Te interesa?

—Sí; porque creo que llevamos a bordo un marido engañado.

—¿Uno?—repitió—; ¡eres bondadoso! Si en cada tren no viajase más que un marido engañado, el Diablo no tendría qué hacer.

Don Adelardo y su cónyuge se habían sentado de espaldas a la máquina, y bajaron el cristal inmediato a ellos, lo que bastó a hacérmeles antipáticos, pues tengo horror al polvo. Si aborrezco el verano es porque todo el mundo viaja con las ventanillas abiertas. Oyéndoles hablar, comprendí en seguida que era él quien amaba y ella la que, misericordiosa, se dejaba querer. A cada instante, con solicitud un tanto empalagosa, él averiguaba: “¿Vas bien?... ¿Te molesta el aire?... ¿Quieres que te ponga la almohada detrás de la cabeza?...”

Su inferioridad era evidente. Ella rehusaba con un gesto, mientras sus labios abultadillos permanecían cerrados en un mohín imperceptiblemente desdeñoso. Yo meditaba:

—Si crees conquistarla con tus atenciones, estás equivocado: el Amor no se entrega a la cortesía, ni al talento, ni a la hermosura, ni siquiera al cariño; el Amor no paga, no corresponde; se da...; no le pidamos por caridad, ni buena educación, ni cariño, al dios; el Amor es un delicioso rebelde que, en las tres cuartas partes de las ocasiones, “no tiene razón de ser”...

Ella preguntó, a la vez displicente y afectuosa:

—¿Compraste algún libro?... Porque, cuando te vayas, me aburriré...

Contuvo un bostezo. El exclamó: