—¡Ah, sí!... Toma: es lo único que he podido hallar.
La ofrecía un volumen encuadernado delicadamente. La señora de la blusa blanca y de la falda azul, miró a su esposo de una manera indefinible. Hubo en sus bellos ojos húmedos como un epigrama...
—¿No habrá aquí nada malo?...
El semblante del marido expresaba satisfacción: aquella pregunta acababa de colmarle de confianza. Por su frente sentí pasar esta idea: “¡Qué bien se vive al lado de una compañera así!...”
—Creo que no—dijo—; el librero me aseguró que era una novela “para señoras”...
Este diálogo, aunque absurdo, no me sorprendió; lo absurdo es tan cotidiano, que lo de sentido común es lo que sorprende. Diferentes veces oí decir a mis huéspedes: “Se trata de un espectáculo al que no puede usted llevar a su señora.” O bien: “Ese libro, de que usted habla, no es para señoras...” No estoy muy cierto de la razón que acompaña a quienes así discurren: porque como los españoles, al par que hacen cuanto pueden por mantener a sus esposas en la ignorancia más completa, las erigen en árbitros de “lo que debe ser”, sucede que la mentalidad y la moral nacionales están representadas por unos cuantos millones de mujeres que no saben leer... ¡o que apenas comprenden lo que leen!... ¡Y así marcha el país!...
La esposa de don Adelardo había empezado a abrir el tomo con una horquilla, y leyó algunas páginas; luego, distraída, lo dejó en el asiento, se levantó para arreglarse el vestido y, al volver a sentarse, lo hizo sobre el libro, como para demostrar su confianza en aquella obra en la que no había pecado.
El matrimonio volvía de “la segunda mesa” cuando apareció el interventor; don Adelardo le saludó amistosamente, y de las palabras que entre ambos se cruzaron, deduje que el marido manejaba negocios de riesgo y significación, y que viajaba mucho. Mientras picaba los billetes, el interventor exclamó:
—¿De modo que usted se apea en Medina?
—Desgraciadamente—replicó don Adelardo—: Carmen, mi señora, va a San Sebastián, donde tiene parientes; con ellos pasará el verano. Yo, me quedo en Medina para ir a Salamanca; mis socios están montando allí una Fábrica.