A la una y minutos de la madrugada, hicimos alto en Medina del Campo. Usando de la soledad en que estaban, los dos esposos pudieron despedirse tiernamente. Ella le echó ambos brazos al cuello; él la tenía cogida por la cintura, y mientras la besaba en los labios, la contemplaba anhelante, la respiraba, parecía bebérsela.

—Mañana, temprano, apenas llegues, telegrafíame—rogaba el marido.

—Lo haré así; ¡como siempre!...

—¡De no recibir tu telegrama, iría a buscarte!

—¿Estás loco?... Y tú, en cuanto regreses a Madrid, avísame.

El balbuceaba, pálido, la voz enronquecida:

—Mi alma...

—Adiós—repetía la esposa—; adiós...

—¡Mi vida!...

—Ten cuidado; corre... que el tren se marcha.