Al cabo, tras un rudo esfuerzo que debió de hacerle daño en el corazón, él pudo arrancarse de los brazos sedeños, mórbidos, fragantes, que le enlazaban, y descendió al andén. Todavía volvieron a estrecharse las manos, hasta lastimárselas; y, de nuevo, florecieron en sus labios las frases acongojadoras de las despedidas:

—Te quiero; no me olvides...

—¿Cómo voy a olvidarte?... Adiós... adiós...

Por tres veces sonó una campana, La Tirones lanzó un silbido largo, y partimos.

Carmen, asomada a una ventanilla, movía su pañuelo y continuó agitándolo hasta después de haber perdido de vista el andén. Hecho esto se irguió, exhaló un suspiro de liberación y levantó el cristal. ¡Cuánto se lo agradecí!... En aquel instante, con una sonrisa triunfadora bajo el bigote rucio, detúvose ante la puerta del compartimiento el caballero del “completo” gris y de los ojos fatigados, que había inquietado mi maliciosa atención en la estación madrileña. Pero, ahora, me gustó más: era, en verdad, un hombre atrayente y de mundo.

—¡Carmen!—murmuró cruzando sus manos, de una gran distinción, con un gesto en el que, simultáneamente, había respeto y deseo.

Demostró la intención de instalarse a su lado. Ella, con un ademán, se lo impidió.

—Siéntate enfrente de mí—murmuró—y sé prudente; el inspector conoce a mi marido...

La escena era, al par, graciosa y amarga. Yo pensaba: “Como nosotros, esta señora, para hacer el camino, también cambia de máquina...”

Con lo mucho que hablaban no tardé en ponerme al tanto de quiénes eran y de la antigüedad de sus relaciones: él residía en la capital donostiarra, y había ido a Madrid para acompañar a su amante durante el viaje; todos los veranos hacía lo mismo. En cuanto a don Adelardo, apremiado siempre por graves responsabilidades comerciales, si alguna vez se excedió a ir con su mujer hasta Miranda de Ebro, fué para luego tomar la línea de Castejón a Zaragoza y Barcelona, donde tenía negocios. La firma de aquel hombre joven, simpático y buenazo, significaba un valor de varios millones.