¡Y, sin embargo—reflexionaba yo—, ella no le quiere!... El delito no era éste, sin embargo, porque dentro de la jaula formada con los barrotes de todos los prejuicios, de todos los juramentos y de todas las leyes, el pájaro azul de la ilusión canta victorioso, y no siempre queremos a quien debiéramos querer: el crimen de aquella mujer estaba en la traición. Decirle a su marido: “No te amo; separémonos”, hubiese sido un bello rasgo de voluntad, una nobleza: pero despedirle con besos y desde la ventanilla saludarle hasta perderle de vista, era una infamia. ¿Por qué preferiría aquel hombre, menos rico, seguramente, que su marido, y que representaba doce o quince años más que él?... No lo sé, ni es fácil que nadie, ni aun los mismos interesados, establezcan la lógica de estos súbitos y dramáticos vientos del espíritu. Lo único cierto es que muchísimas mujeres, después de hallar el marido—y ante el desengaño del matrimonio—suelen aplicarse a buscar el Amor; y que como de este mismo mal se quejan los hombres, la poligamia—dentro o no de los Códigos—es mundial: sin otra diferencia que la de que las leyes de la poligamia oriental obliga a cada hombre a mantener a “sus esposas”; mientras en Occidente cada hombre cuida—in pártibus—de las mujeres ajenas.
Este lance, a pesar de su gravedad, es, desgraciadamente, tan frecuente, tan vulgar, que yo no hubiese hablado de él a no ser por la originalidad de cierto episodio, de sabor vodevilesco, con que se adorna.
El verano había muerto. Una noche, de las últimas de septiembre, al llegar a San Sebastián en dirección a Madrid, vi a Carmen, “la señora de la falda azul y de la blusa blanca”, y a su amante, que esperaban el expreso. Apenas éste se detuvo, subieron a mí y, rapidísimamente, aprovechando una ocasión en que nadie les veía, cambiaron un beso; un buen beso fuerte y leal, cuyo calor me alcanzó. Ella partía sola; su marido la aguardaba en Venta de Baños. Al separarse, el amante entregó a su compañera una sortija.
—En recuerdo—murmuró—de estos tres meses. Dentro mandé cincelar algo muy nuestro. Procura que nadie la vea. Te la pondrás cuando volvamos a estar juntos.
Los ojos de la amada se iluminaron; brillaron de agradecimiento, de alegría infantil; acaso—¡oh, dolor!—hubo en ellos un poquito de codicia también...
Ya en su departamento, mientras rodábamos, Carmen examinó la sortija, que adornaban una esmeralda preciosa y un brillante, no muy crecido pero de luz extraordinaria. Nunca había visto otro ni más límpido ni mejor tallado. Sintió deseos de llorar, y sonrió; estaba hechizada; ¡oh, ella sabía tasar una joya!... Después—me parece que sin prisa—, dentro del aro de la sortija leyó: “Una noche en el mar.” La sentí pensar:
“Sí, fué una bonita noche... Pero Juan no debió grabar nada en la sortija, porque, según está, no me atrevo a usarla. ¡Vaya una tontería!... Esto lo discurre un estudiante... ¡pero, no él!... ¡Egoísta!... Sí; esto lo ha hecho por egoísmo, para que yo sólo pueda lucir la sortija cuando esté a su lado...”
No había querido calzarse los guantes y disimuladamente, temerosa de que los viajeros notasen su alegría, se miraba las manos. Las dos piedras eran lindísimas, y a porfía el brillante y la esmeralda se disputaban su corazón. Continuó meditando:
“Lo mejor será borrar esa inscripción comprometedora. Yo le diré a Juan que temía que Adelardo la viese... ¡Es una buena idea! Juan no se enfadará...”
El mucho precio y la belleza del obsequio la habían quitado el sueño, y hasta más allá de Miranda no empezó a advertir que la pesaban un poco los párpados. Suavemente iba adormilándose; sus compañeros de viaje habían extinguido mis luces. Volvió a despertarse, sin embargo: la idea, “tengo una sortija”, la sacudía, y las dos gemas llenaban su cerebro de claridad. Burgos había quedado atrás cuando Carmen se levantó en busca del cuarto-tocador. No podía estarse quieta, y la perspectiva de abrazar muy pronto a su marido contribuía también a electrizar sus nervios. Al salir del “Water-Closet”, se cruzó en el tránsito con dos viajeros. Volvió a su departamento y procuró dormir; imposible; todas las actitudes la desagradaban. Procesiones de recuerdos, unos graves, otros pueriles, y todos desmadejados y fragmentarios, cruzaban su espíritu y lo orientaban hacia distintos rumbos: el verano había sido placentero; el otoño, en Madrid, lo pasaría bien... Pensó en sus amigas... Bostezó. La vida siempre es un poco triste; ella, en general, estaba triste; se aburría; entonces, a no ser por la sortija...