La señora de la blusa blanca se miró las manos, y sofocó un grito. En la obscuridad la vi enrojecer, palidecer... ¡Había perdido la sortija!
—¡La he olvidado en el lavabo!—bisbiseó.
Echó a correr, calenturienta, por el pasillo. Sus pies, calzados con zapatos de muy alto tacón, se doblaban a cada momento con mi trepidar, y su cuerpo carnoso chocaba, como ebrio, contra las paredes. En una curva, el ímpetu centrífugo la despidió hacia fuera con tal brío, que, a no haber allí un pasamanos de hierro, me rompe un cristal. El llanto asomaba a sus ojos cuando llegó al “tocador”; estaba ocupado.
—¡Oh!—rugió desesperada.
Sus lágrimas, mal contenidas, corrieron. Esperó; pero, incapaz de atajar su impaciencia, a cada momento tamborileaba sobre la puerta con los nudillos. De súbito se reprimía, avergonzada; de súbito, también, volvía a llamar. Dentro, una voz exclamó, con acento extranjero:
—Calma... calma, por Dios: un poco de calma... que a este sitio nadie viene por gusto...
Abrióse la puerta y apareció una señora peliblanca, grave y flaca, con aspecto de institutriz inglesa. Carmen la detuvo:
—¿Ha visto usted una sortija?
—No, señora.
—Sí: una sortija...; lleva una esmeralda y un brillante...