Hablaba con imperio, como si acusase, y mirando a su interlocutora a los ojos. Esta hizo un ademán inocente:
—Acaso esté—dijo—; verdaderamente, yo no he mirado.
Y se marchó. Carmen registró el “Water-Closet”, examinó los rincones, arrastrando la fimbria de su falda por el suelo mojado y fétido; introdujo un dedo en el agujero de desagüe de la palangana; removió papeles...¡La joya no estaba!... Salió al corredor tambaleándose, aturdida, ¿Quién pudo llevársela? Pensó en aquellos dos hombres con quienes se había cruzado cuando regresaba a su compartimiento. Pero, ¿quiénes eran ni dónde buscarles, si no reparó en ellos?... Estaba febril.
—¿Qué hacer—repetía—, qué hacer?... ¡Ah, mi mala suerte!...
Acordóse del vigilante, que acaso sabría algo, y se precipitó en su busca. Lo halló tres vagones atrás, en El Misántropo. El vigilante nada había visto, pero prometió informarse; preguntaría...
—Que la sortija aparezca—dijo—, depende, como usted comprende bien, de la honradez de quien la haya encontrado.
—Yo creo—afirmó Carmen, a cuyo espíritu volvía la silueta de aquellos desconocidos que vió al salir del “tocador”—que la tiene un viajero de mi coche; o del coche que va delante del mío...
Esta idea se la inspiró la dirección, opuesta a la de la máquina, en que aquellos hombres caminaban. El vigilante ratificó su ofrecimiento de buscar, y ella tornó a su departamento. Los pies no la sostenían; iba rota...
Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron, interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos mientras se oprimían las manos.
Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste: