“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...”
Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió:
—¿Qué tienes?...
Carmen repuso:
—Los nervios; no es nada.
Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí decirle—pensó—que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una bruta!...”
Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y febriles. Su marido llegó a inquietarse.
Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante.
—Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre delante.
Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde, repuso: