—Esa sortija no es mía.
Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer:
—¿Es tuya?
—No.
El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las piedras.
—¡Es bonita!—murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja—; bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado...
En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla. Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija, diciéndole:
—No es nuestra.
El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O las sortijas extraviadas serán dos?”—pensó. Desconcertado y receloso, pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó.
—Te ha confundido con otra viajera—comentó don Adelardo.