—¡Sin duda!...

Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía a su semblante. El esposo continuó:

—¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante. ¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita...

Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su pensamiento:

—O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”.

La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos. Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija.

—Mi señora—explicó—se ha enamorado de ella.

El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad: él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de que pertenecía a la viajera “de la falda azul”.

Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer continuarán dichosos.

De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe.