—De cosas peores—insistía El Presumido—ha sido testigo cualquiera de nosotros.
Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas:
—Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de ella?...
IX
Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio.
Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante.
—Estad prevenidos—dijeron—porque hoy traemos mala gente.
—¿Quiénes son?—indagamos.
—Cuatro bandidos de los más célebres.
—¿Sabe vuestra policía que venían a España?