—Nos parece que no.
Pedimos detalles.
—Todos visten bien y son jóvenes—respondieron nuestros cofrades traspirenaicos—; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano, le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros dos compañeros, Jacobo Dommiot y Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo sin duda una consigna, saltaron a la vía.
El narrador concluyó:
—Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire.
Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas.
—“El bello Raúl”—nos respondieron—es el único que lleva bigote; tiene la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al andar.
—¿Y Cardini?...
—El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot, especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro. Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están afeitados.
El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su país; y nosotros, a la hora señalada, partimos con rumbo a San Sebastián. Cierta inquietud folletinesca—trepidación de aventura—nos sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos: