—Has empezado a vivir—me decía secretamente una voz.
Transcurrió otra noche. Amaneció; ¡oh, con qué sobresalto esperé aquella aurora! A mi alrededor se armaban otros muchos vagones traídos de Francia y el trajín de operarios era grande. De pronto varios hombretones, colocados detrás de mí, me empujaron, y, por primera vez...—¡oh, hechizo excelso de “la primera vez”!—mis ruedas voltearon poderosas y calladas sobre los rieles fulgentes. Un sol admirable de junio encendía el paisaje. Según avanzaba, todo en torno mío comenzó a cambiar: cuanto hasta allí me fué familiar se descomponía, y perspectivas nuevas surgieron ante mí.
La sensación de moverme, que todavía ignoraba, me produjo pasmo y regocijo delirantes. Hasta entonces yo había estado quieto, y ahora me movía. Aprecié mi fuerza. ¡El movimiento!... ¿Qué es el movimiento?... Yo era, en aquellos instantes, el mismo que había sido; y, sin embargo, era “otro”. Sin cambiar, tenía lo que nunca había tenido, y “siendo” con todo el imperio de un presente de indicativo, “me iba”. ¡Paradoja inexplicable!... Evidentemente los tagarotes que me impelían me transmitían su fuerza... ¡Luego la fuerza es algo capaz de separarse de la materia, ya que pasa de unos cuerpos a otros sin deformarlos! ¡Luego si el espíritu es fuerza, puede gozar de un vivir independiente y aparte!...
Advirtiéndome desligado de la tierra, recibí la revelación de mi destino, que era el de andar, sin echar raíces nunca. Yo, mientras mi vida vagabunda durase, sería a manera de protesta o de constante reacción contra la quietud de aquellos árboles que me dieron su madera; frente a su eterno reposo, mi eterno vagar; frente a su silencio, mi escándalo. Dentro de mí, ni los tornillos ni las caobas y encinas centenarias, gemían; todo estaba felizmente acoplado y justo; nada sobraba, nada tampoco permanecía ocioso; mi rodar era callado y elástico, y experimenté el orgullo de mi salud fuerte, de mi organismo bien constituído, de mi euritmia perfecta.
Continué alejándome de los talleres, y, por instantes, la alegría de existir y “de sentirme”, me embriagaba. Ya cerca de la Estación, y dispuestos junto a las líneas ferroviarias principales, había algunos viejos vagones sin ruedas, clavados en la tierra y convertidos en casetas de guardavías.
—Son coches inservibles—pensé.
Y no tuve para ellos ni una compasión.
Estremecimientos fortísimos de inquietud y de júbilo me sacudían y me impedían meditar. El aire era fresco, perfumado, y como empapado de luz. En torno mío, campos verdes inmensos, árboles... ¡muchos árboles!... que bajo la lumbrarada riente del sol parecían esmeraldas; caseríos blancos, techumbres rojas... un puente... y, al fondo, lejos, recortándose sobre el purísimo zafiro celeste, una procesión de montañas obscuras—los Pirineos—y al otro lado el mar...
—Pronto—me dije—conoceré todo eso... porque todo ello pasará junto a mí...
Sentíame vibrar, orgulloso, contento, dueño del mundo. Las rutas del horizonte iban a ser mías. Mi alegría, desbordante de vigor, era la del caballo de carreras que entra en un hipódromo.