II

Demasiado adivino la sorpresa que estas “confesiones” mías han de producir.

—¿Cómo?—exclamarán los hombres—¿Es posible que los objetos que estimamos inanimados gocen de una vida consciente y razonadora, análoga a la nuestra?

Así es, efectivamente; y yo procuraré explicar cómo la noción precisa de que “existo” nació en mí, y cómo vive cuanto parece muerto.

La Vida y la Muerte son los dos gestos, las dos máscaras, de una fuerza absoluta; y la Creación, como una serpiente de tres anillos correspondientes a los tres reinos de la Naturaleza. De consiguiente—y esto lo sé bien porque yo vengo de abajo, de los árboles y de las minas de hierro—la Muerte, realmente, no existe; la Muerte no es más que un “cambio de forma”, un “cambio de actitud”, que la Energía Única adopta para continuar viviendo. De otro modo: para la Vida—este substantivo debemos escribirlo siempre con mayúscula—morir es... mudarse de traje...

Desde la estructura de una piedra, a la estructura y composición del cerebro de Einstein, la inteligencia traza una escala con más peldaños que la célebre de Jacob; pero no dudemos de que el cerebro de Einstein tiene algo de piedra, ni tampoco de que en las piedras existen partículas infinitesimales, “micras” de luz, de la gran luz que brilla bajo el cráneo del famoso alemán. Mi cosmogonía es muy sencilla:

El Universo es una Fuerza infinita que ocupa lo infinito, e incesantemente trabaja sobre sí misma para mejorarse, con lo cual va acercándose a la Luz. Cuando todo el universo sea Luz, es decir: Inteligencia, Equilibrio, Serenidad, cesará el movimiento, y la Vida se inmergirá en el deleite de mirarse a sí misma, y entonces la Muerte “morirá”, porque nada sentirá la necesidad de renovarse.

Dicha Fuerza está formada por las miríadas de millones de astros que pueblan el espacio, cada uno de los cuales representa “una idea”, del cerebro infinito. Esas, que llamaré Ideas-Mundos, van y vienen, y se atraen y se encienden o apagan en el espacio, exactamente lo mismo que las pequeñas ideas del cerebro del hombre. Y, según transcurre el tiempo, esas Ideas-Mundos, gracias al constante trajín de la Muerte y de la Vida, van depurándose. Porque la Vida, en su concepto más alto—que es el que yo explico aquí—se reduce a la eterna aspiración de la materia a convertirse en espíritu.

Examinemos la historia de nuestro planeta, semejante, sin duda, a la de otros mundos:

En sus principios la geología lo presenta como una ingente hoguera. Todo él era fuego, es decir, verbo, acción, anhelo de ser, voluntad; una voluntad no es más que una antorcha. Cuando los vapores de aquel portentoso incendio se convirtieron en aguaceros torrenciales y la corteza terrestre empezó a solidificarse, nacieron los primeros minerales. La materia es la base, lo más torpe; y este cimiento, inseguro aún, tiembla, se resquebraja, vuelve a licuarse en las llamas, y de nuevo torna a enfriarse y resurge. Estos fueron los gestos rudimentarios, los balbuceos iniciales de la Muerte; la Muerte apareció la primera vez que una piedra perdió su forma. Millones de siglos después—el Tiempo prodiga su caudal—se inicia la aurora del reino vegetal. El organismo telúrico imperceptiblemente se complica, se enmaraña, se subdivide; la evolución cósmica marcha siempre de lo indefinido a lo rotundo, de lo nebuloso y homogéneo a lo heterogéneo y preciso. Lo que llamamos “inorgánico”—que no lo es “absolutamente”—se convierte en planta, y, a su vez, las plantas vuelven a la tierra. Es evidente que, conforme la Vida adelanta, la Muerte se perfecciona en su oficio. Tras el reino vegetal, que ha de servirle de alimento, llega el reino animal. La Muerte ríe, está contenta. Más tarde, infinitamente más tarde, nace el primer hombre; el hombre rudimentario, el instintivo, que se mueve dentro de las fronteras de la animalidad. La idea de civilización florece mucho después, y se exasperará de día en día, porque la Vida—como antes dije—es el anhelo insaciable que sufre la Materia de hacerse Espíritu.