Aclararé mi teoría con un ejemplo:
En el hombre—tuve ocasión de observarlo mil veces—la parte física declina con la edad. Admitiendo que un viejo y un joven posean idénticos grados de inteligencia, siempre el viejo demostrará en sus gustos mayor espiritualidad que el joven. La desorganización, la ruina, vienen de abajo, de la tierra: la vida que antes se extingue en el individuo es la sexual; luego, la estomacal o vegetativa; y cuando ya en él todo está derrumbado y casi a obscuras, el cerebro resplandece aún.
Lo propio acontece en el mundo: la materia se transmuta en vegetal, los vegetales en carne animal, y los elementos nutritivos de ésta, en actividad cerebral; una ostra puede ser inspiración en el cerebro de un ingeniero. Luego cuando ese cerebro, esa materia, que vivió en íntimo trato con el pensamiento, vuelva a la tierra, perfeccionará a la tierra, porque descomponiéndose en ella la transmitirá algo de su distinción. Y así yo afirmo que un aparato construído con tierra del cementerio del Padre La Chaise, ha de ser mejor, más sensible y preciso, más inteligente—para decirlo de una vez—que otro, al parecer igual, fabricado con elementos de un campo cualquiera.
La Tierra era, indiscutiblemente, en sus remotísimos comienzos, más torpe, “más bruta”, que lo es hoy. Hace veinte mil años Edison no hubiera podido inventar el fonógrafo, ni las ondas hertzianas se hubiesen producido, porque entonces la materia vibraba mal. Afortunadamente, esa materia ha muerto y resucitado millares de millones de veces, y cada una de sus existencias ayudó a sutilizarla y ennoblecerla.
Repetidas veces oí hablar a los hombres de “la clemencia” actual de sus costumbres.
—Antes—dicen—la humanidad era más cruel.
Ellos atribuyen esa mayor bondad a un mayor grado de cultura. Cierto: pero ¿no es la cultura una exasperación de la sensibilidad?... Poco a poco la materia—toda la materia—se ha vuelto más sensible: los animales, las plantas... ¡hasta las piedras!... sienten más que antaño. A la Civilización coopera todo: la Civilización no es más que el resultado de nuestro miedo a sufrir.
Las victorias milagrosas de la física y de la biología aflojan los nudos más apretados del Supremo Misterio, y poderes insospechados surgen timoneando el dinamismo de los átomos. Yo me hallo muy bien situado en la Vida para disertar acerca de todo esto, pues conozco a los hombres, y recuerdo asímismo el alma de los bosques y de las minas de donde procedo. Nada se pierde, nada es estéril, y hasta el ruido levísimo que una hoja seca produce al caer, repercute en el cosmos, porque un movimiento no concluye sin que otro movimiento empiece. ¿Quién no oyó hablar del vigor “intraatómico” de los cuerpos?... ¿Conocéis cuanto la psicometría enseña acerca de las “emanaciones de alma o de pensamiento”—las designaré así—que los seres vivos dejan en los objetos que parecen muertos? ¿Y las cábalas del coronel Rochas relativas a la llamada por él “exteriorización de la sensibilidad”?... ¿Habéis leído lo que el doctor Carlos Russ ha dicho respecto a la fuerza magnética de la mirada; o a la capacidad que, según el profesor Russell, tienen ciertas maderas, particularmente el pino escocés, la encina, el haya, el sicomoro y el ébano, de impresionar “en la obscuridad” las placas fotográficas?... ¿Y no sabemos también que los grabados en acero, transcurrido cierto tiempo, comunican su imagen al cristal que los cubre?...
En un día, lejano aún, pero que llegará, el hombre obtendrá la posesión de lo Absoluto; y ese día la humanidad traducirá la canción de los ríos, y el idioma de las montañas. ¿Cómo dudar de la Ciencia? Edison sujeta en un cilindro la voz de los muertos, y gracias a él los labios que ya no se mueven siguen hablando; Marconi lanza la palabra humana sobre los mares sin necesidad de hilos conductores; Friesse Greeve se apodera del movimiento y lo sujeta—¡oh paradoja!—en una cinta de celuloide, y Curie demuestra científicamente la posibilidad de que Moisés apareciese ante su pueblo con la profética frente orlada de luz.
Y si las vibraciones sonoras se detienen en los discos fonográficos, y las investigaciones de Russell prueban que los objetos fijan su imagen sobre aquella pared en que su sombra se proyectó durante varios años—lo que serviría para explicarnos la tristeza de los espejos antiguos—¿por qué asombrarse de que yo haya recogido algo de la vida de los incontables millares de personas que vivieron en mí?... ¿Visteis la expresión, rotundamente humana, que adquieren los guantes con el uso? Un guante, caído en el suelo, es como una mano cortada; la mano le transmitió su nerviosidad y su elocuencia, su alma...