Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido, que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación:
—Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable, grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil. Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le vería. “Debe de ser un ladrón”—se dijo el guardafreno. Pudo mandar parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que se entregase. El interpelado no contestó; le miraba. Entonces el otro, temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!... ¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón, recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno, sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban sentados—no les era posible mantenerse de pie—y a breve distancia uno de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba, buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le desarmó. El ladrón se rindió a discreción, y en El Escorial fué entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre animoso—si tú quieres—, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se empieza!...
Le interrumpí para decirle:
—Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan.
—Me gusta—replicó Doña Catástrofe—que cada cual conozca y descuelle en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven, precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido a los hombres en el corazón.
Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no habló más.
Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso, maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en otra cosa.
En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña, sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso, quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano, nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le preguntó:
—¿Queda alguna cama?...
—Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le cobraré el “suplemento”.