—Muy bien: ¿puedo pasar ahora?...
—Cuando usted guste.
El religioso, muy amablemente—acaso con una leve ironía—, saludó a los viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este comentario:
—Los hombres que hacen voto de pobreza y, como en elogio de la miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y, mucho menos, en sleeping!...
Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que ellos—mejor educados, tal vez—no se atrevieron a decir. Las personas toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad.
El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente confortable, mullido, lujoso...
Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña Catástrofe me había hecho.
—He aquí un hombre—pensé—que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!...
X
Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de Córdoba a Sevilla, mi familia—al convoy yo lo llamo “mi familia”—había comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo, correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla. Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante. Vemos llegar la muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta: