—Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia, me veáis convertido en astillas.

La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a recogernos, y bajo su recuerdo depresivo—un recuerdo al que se mezclaba algo supersticioso—salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la noche, lóbrega y húmeda, un gran frío—un frío que era miedo—me traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño.

—Oye, Misántropo—le dije.

Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el horno para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi temor a morir.

El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante, el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados, en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados, cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un convoy trágico.

A mis preguntas, El Misántropo contestó:

—Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a Valladolid, donde hay un taller de reparaciones.

Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital.

Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna, y con las luces primeras del amanecer y el cantar batallador de los gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias horas.

Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante concurrencia.