—He ahí mi miedo—replicó el viejo vagón—, que no operen solos, sino en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para descarrilarnos. ¡Nada más fácil!...

Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir. Pregunté:

—¿Es muy peligroso descarrilar?

—Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas.

—Pero el maquinista y el fogonero—repliqué—no cesan de otear el camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían para parar.

—Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es obscura y el peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos, ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La Tirones frena mal.

De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto.

—¿Hay novedad en la vía?—le gritamos.

—¡No!...—repuso.

Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita; podíamos seguir.