No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba con amor paternal, intentó serenarme.

—No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú.

Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar junto al antiguo boxeador, murmuró:

—Vamos.

Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado. Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña Catástrofe:

—¡Ahí van!... ahí les tienes...

Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos del lance y se sentía a salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia.

Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos, palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente, repartía órdenes:

—Ya sabéis que yo defiendo la puerta.

Todos afirmaron.