—Tú—prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini—te quedas en el pasillo.
El italiano asintió.
—Y vosotros, procurad maniobrar aprisa.
Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda.
—Y si alguno se resiste—concluyó—le dais un buen golpe. Conviene trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy extremo.
Dicho esto, todos penetraron en mí.
—¿Quién iba a creer, Cabal—musitó Doña Catástrofe—que la fiesta iba a ser en honor tuyo?...
“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del tránsito, penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante:
—Venga el dinero—decía—, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos muchos.
Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio.