—¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los relojes... las sortijas...
Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil, les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos: quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos; quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio, siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes, dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo.
—No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio—advirtió Dommiot—porque les asesinaríamos.
Dicho esto apagó la luz—como invitando a los desvalijados a reanudar su sueño—y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo las cadenas del pánico—no hay ligaduras que sujeten mejor—se dejaban robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot, por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón. ¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban constantemente con los ojos. Los de Raúl decían:
—¿Sucede algo?
Y los del italiano:
—Nada: todo marcha bien.
Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de Cardini, interrogaban:
—¿Oyes algo? ¿Viene alguien?...
Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban: