—No...
Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme con el coche-correo, iba medio aislado, y mis viajeros, para huir a otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala.
El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente, mis compañeros me demandaban.
Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces, una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo, sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un pie sobre los cabellos.
La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se mostraban inertes y dóciles.
—Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata... ¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!—repetía Dommiot.
Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles: “Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen ustedes neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados, continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor.
—Pero, ¿no acabas con él?—murmuró Mauricio.
En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta.
—Tira—ordenó uno de ellos al italiano.