Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini:
—¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?...
El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la inglesa, replicó fríamente:
—Si no le mato, no acabamos en toda la noche.
La detonación y el desapacible chirriar de los frenos, despertaron al resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola:
—¡Atrás!... ¡Atrás!...
Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños aspavientos.
Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban:
—¡Ladrones!... ¡Socorro!...
Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban contra los fugitivos.