—¡Abajo—decía Raúl—, pronto!...
Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot, quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron casi inmediatamente.
El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de sangre.
XI
Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama—¿quién hubiera podido sospecharlo?—marcó el término de mi juventud, modificó mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma, como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano.
Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios señores—personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con que el personal de la estación les acogía—que después de examinar prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de un aire de misterio.
Lo que más me afligió fué verme separado—de un modo que luego comprendí era definitivo—de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid, fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía, los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo “equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante más de nueve años.
—En Madrid quedaron—me dijeron.
—¿Qué tienen?
—Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor: a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la enfermería.