Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el suelo...
—Lo ha matado—me dijo un compañero que había seguido, como yo, los incidentes del pequeño drama.
—¿Y ya no podrá moverse?—interrogué candoroso.
Mi colega se burló de mí.
—¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que la máquina lo ha matado?...
Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir era no moverse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte.
¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!... Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo “está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises: el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a estarlo.
Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía, también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer, sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de espejismo que de realidad.
Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban parte del “rápido” de Asturias.
—Esos dos—añadieron mis camaradas—han progresado: ruedan menos que antes y viajan de día.