Luego preguntaron:

—¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar en un “correo”.

Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había embotado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?...

—Mejor andaba con vosotros—repuse—pero tampoco diré que vivo mal. Es cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son tan graves...

¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era, sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al nuevo ambiente.

En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi juicio, interminables.

Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría, tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco; luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste. Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire—hay ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia inconcebible—; y, finalmente, del fogonero y de la acertada disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa—por otro nombre La Casa Real—que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca; correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre.

Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar...

Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de “primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo halaba del “segunda” que me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el miedo—enemigo de las etiquetas—yo le dije algo que demostraba mi interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia ni relieve.

Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”, apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan media hora y aún más, en cada estación.