Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los viejos. Y conmigo fué igual. El trayecto de Madrid a Venta de Baños, que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído. La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido en el declive de una loma...

A cada rato, me preguntaba:

—Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí siempre?...

Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión.

Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los “expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del convoy con voz musical:—“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado que gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras portezuelas:—“¡Señores viajeros... al tren!...”

También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas, efusivas, cargadas de mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía llevar guitarras y aun cantar una copla—si el maquinista daba tiempo—y que esparcía a su alrededor un alboroto de feria.

¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos” que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...—que es el amor que esperan—va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del mundo... y “Ellas” lo saben.

Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza, llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños...

Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos guardias civiles conducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos: era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias, graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid. Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él; en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de libertad que sugiere la carrera de un tren.

Día por día la llaneza—no deliberada, sino espontánea—de mi carácter, me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas, en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”, porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades nuevas para mí.