—¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...
Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches. El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.
Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse. Los pasajeros temibles son los pusilánimes—futuros enfermos, quizás, de delirio persecutorio—que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún, no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.
Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego—y antes de entrometernos en particularidades—deben dividirse en dos grandes grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda” clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de “primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de “lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet” azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el revisor tropieza—por casualidad rarísima—con un billete “entero”, apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha de desdén y de asombro, como diciéndole:
—¿Por qué se deja usted robar por las Compañías? ¿No le da a usted lástima tirar su dinero?...
He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad, escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los tipos—no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo substantivo—se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil clasificación.
Entre las mujeres honestas—vayan solas o acompañadas—sólo admito dos tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.
A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.
Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve, tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los viajeros que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí, la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.
—Caballero—pregunta—, ¿son de usted este libro y estos guantes?...