“El madrugador” no se atreve a mentir.
—Sí, señor.
Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado saluda, sonríe y se instala.
A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:
—¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?
“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.
—Es mía, caballero—responde ruborizándose.
Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El madrugador” ha perdido su tiempo.
La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es otra. A él no le importa que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres. Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie, y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir, quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un asiento; luego—si le dejan—ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...
Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...