El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola, procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien, pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el pleito perdido, al menos durante el curso de aquella primera entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo caso el viajero “galante” se apresurará—en tanto se restaña el sudor—a cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él, generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies. Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada aventura asome, incorregible volverá a empezar.

Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia, el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de actitud.

Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de descalzarse... ¡Lo que más odio!...

“Lo importante es ir a gusto”—discurre cada cual.

En esta prolija galería de siluetas—cómicas casi siempre—que me frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos confundir con “el soñoliento”, ya presentado.

En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha. La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo: “Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente: “No... no... no...”

De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas, repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos, de una Guía. A intervalos se observan recíprocamente, y, según transcurre el tiempo, parece envolverles una atmósfera de confianza mutua. Casi a la vez, todos han pensado:

“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro, podríamos acostarnos y dormir un poco”...

Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy, resbalan hasta el suelo.

De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal: