“Pero... ¿se ha dormido?...”—me pregunto.
Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.
El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en el roncar tres tiempos. En el primero—dice—“se sopla”; en el segundo, “se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.
El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido: “¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve a soplar.
El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que ronca” repite beatífico:
—“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”
Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con irritación sorda:
—¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un modo insolente de dormir!...
Otro responde:
—Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no puedo cerrar los ojos.