—Ni yo.

El joven de la barba negra añade:

—Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de educación!...

Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:

—“¡Fu... aj... pan!...”

Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal pensamiento:

—¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase con él...

Los circunstantes sonríen aprobadores, pero no se atreven; sería demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio, afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...

A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y comunicativo. Bosteza, sonríe...

—Afortunadamente—exclama—ha pasado la noche. ¿Han descansado ustedes?...