Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo, de sus oyentes, dicen lo contrario.

—¿Ah?—prosigue—. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.

El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.

Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura—al revés de la otra—dice distinción, aristocracia, soberanía...

Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin adustez.

—Buenas noches—murmura.

Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas, todo muy pulcro y nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla, limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul, muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa, blanquísimo, brilla a la luz.

Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está encima.

Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas, interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche. Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del sueño, cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán; quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la euritmia se pierde...

Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de frac. Planchado no estaría mejor.